La revolución urbana desde Marta Llorente
Manuel Félix Oyarzabal Montealegre
Podemos entender
en un principio a la ciudad como un espacio común habitable, pero ¿dónde se
gestaron los primeros proyectos de tal índole? Habría que retroceder hacia el
IV milenio A.C., para dar cuenta de la ciudades erigidas por la cultura sumeria
como la inventora de este tipo de estructura articuladas de manera organizadas
las formas de vida y socialización. Nos dice Marta Llorente que la ciudad de la
cultura sumeria, con determinaciones comunes o generales a las ciudades
actuales por más que estas lleven un desarrollo técnico y concentraciones
humanas sin precedentes, se define por la articulación organizada de las
viviendas en torno a espacios comunes, la construcción de una arquitectura
monumental y una demarcación estricta de su territorio bajo dominio.
¿Qué fue lo que
pudo haber permitido la construcción de estos centros de particulares
determinaciones? Mucho tiene que ver con el desarrollo de las condiciones
materiales y de las fuerzas productivas impulsadas por el tipo de relaciones
económico-sociales establecidas en la región del Oriente Próximo. “El progreso
de la arquitectura y de las técnicas responde al progreso económico que implica
la ciudad, que guarda para sí el excedente de riqueza”. Ante esto, podríamos
asegurar que la conformación de estas estructuras sociales no se pudo haber
producido si un mínimo desarrollo del comercio, al ser la acumulación de objetos
producidos, sin inmediata dirección hacia el consumo por parte de los
productores mismos, la condición necesaria para un primer establecimiento de
relaciones de intercambio (independientemente de que existiera el dinero o no).
En pocas palabras, tener un excedente que ofrecer permitió la posible
conjunción de tribus o comunidades no necesariamente cohesionadas.
Este proceso de
urbanización se produjo, paradójicamente, en poblaciones atrasadas
tecnológicamente con respecto a los avances técnicos-productivos de las
comunidades más desarrolladas del periodo neolítico. Para Llorente esto es
muestra de que las revoluciones se dan en las formaciones socio-económicos (en su
lenguaje, contextos) rezagadas o, mejor dicho, subdesarrollados. Pero esto no
entra en contraposición a lo dicho en el párrafo anterior, debido a que justo
las incipientes técnicas agrícolas de ciertas comunidades pudo haberlas forzado
a dirigirse a la producción de artefactos y su comercialización.
La articulación
o codeterminación de las diferentes actividades humanas más o menos
desarrolladas puede darnos una primera definición de la ciudad como una “estructura
orgánica de sus formas de arquitectura y de vida” tal como nos señala Llorente.
De modo que los procesos de urbanización están relacionados procesos
característicos de las técnicas, en cuanto episodios de invención y
adquisición. Así mismo, es de suponerse que la escritura tuvo su plena
maduración en los nuevos entornos de socialización y articulación de las
diferentes actividades, muy probablemente por “las operaciones aritméticas
vinculadas a la complejidad de la economía urbana”. El poder de escribir se
desarrollará en reciprocidad al poder vivir en el espacio artificial humano. Es
así como los procesos de urbanización están vinculados al ingreso de la
conciencia humana en la Historia.
Pero, además de
los procesos “espontáneos”, en palabras de la autora, urbanos, también se
derivará de ellos procesos contrapuestos: los de colonización. La colonización
refiere a una “forma de implantar la ciudad que implica el profundo
conocimiento de su significado y finalidad”, mas, a su vez, detiene o entorpece
los anteriores procesos al imponerse un modelo estructural urbano que inhibe la
capacidad de crear o adquirir, por parte de las distintas culturas, el modelo
urbano que más se adecue a sus necesidades culturales.
Con ello nos
detenemos en la siguiente pregunta: ¿es consustancial al desarrollo productivo
y técnico de las culturas la tendencia a implantar sus estructuras urbanas en
otras civilizaciones para su conservación y perduración en el tiempo?
Podemos entender
en un principio a la ciudad como un espacio común habitable, pero ¿dónde se
gestaron los primeros proyectos de tal índole? Habría que retroceder hacia el
IV milenio A.C., para dar cuenta de la ciudades erigidas por la cultura sumeria
como la inventora de este tipo de estructura articuladas de manera organizadas
las formas de vida y socialización. Nos dice Marta Llorente que la ciudad de la
cultura sumeria, con determinaciones comunes o generales a las ciudades
actuales por más que estas lleven un desarrollo técnico y concentraciones
humanas sin precedentes, se define por la articulación organizada de las
viviendas en torno a espacios comunes, la construcción de una arquitectura
monumental y una demarcación estricta de su territorio bajo dominio.
¿Qué fue lo que
pudo haber permitido la construcción de estos centros de particulares
determinaciones? Mucho tiene que ver con el desarrollo de las condiciones
materiales y de las fuerzas productivas impulsadas por el tipo de relaciones
económico-sociales establecidas en la región del Oriente Próximo. “El progreso
de la arquitectura y de las técnicas responde al progreso económico que implica
la ciudad, que guarda para sí el excedente de riqueza”. Ante esto, podríamos
asegurar que la conformación de estas estructuras sociales no se pudo haber
producido si un mínimo desarrollo del comercio, al ser la acumulación de objetos
producidos, sin inmediata dirección hacia el consumo por parte de los
productores mismos, la condición necesaria para un primer establecimiento de
relaciones de intercambio (independientemente de que existiera el dinero o no).
En pocas palabras, tener un excedente que ofrecer permitió la posible
conjunción de tribus o comunidades no necesariamente cohesionadas.
Este proceso de
urbanización se produjo, paradójicamente, en poblaciones atrasadas
tecnológicamente con respecto a los avances técnicos-productivos de las
comunidades más desarrolladas del periodo neolítico. Para Llorente esto es
muestra de que las revoluciones se dan en las formaciones socio-económicos (en su
lenguaje, contextos) rezagadas o, mejor dicho, subdesarrollados. Pero esto no
entra en contraposición a lo dicho en el párrafo anterior, debido a que justo
las incipientes técnicas agrícolas de ciertas comunidades pudo haberlas forzado
a dirigirse a la producción de artefactos y su comercialización.
La articulación
o codeterminación de las diferentes actividades humanas más o menos
desarrolladas puede darnos una primera definición de la ciudad como una “estructura
orgánica de sus formas de arquitectura y de vida” tal como nos señala Llorente.
De modo que los procesos de urbanización están relacionados procesos
característicos de las técnicas, en cuanto episodios de invención y
adquisición. Así mismo, es de suponerse que la escritura tuvo su plena
maduración en los nuevos entornos de socialización y articulación de las
diferentes actividades, muy probablemente por “las operaciones aritméticas
vinculadas a la complejidad de la economía urbana”. El poder de escribir se
desarrollará en reciprocidad al poder vivir en el espacio artificial humano. Es
así como los procesos de urbanización están vinculados al ingreso de la
conciencia humana en la Historia.
Pero, además de
los procesos “espontáneos”, en palabras de la autora, urbanos, también se
derivará de ellos procesos contrapuestos: los de colonización. La colonización
refiere a una “forma de implantar la ciudad que implica el profundo
conocimiento de su significado y finalidad”, mas, a su vez, detiene o entorpece
los anteriores procesos al imponerse un modelo estructural urbano que inhibe la
capacidad de crear o adquirir, por parte de las distintas culturas, el modelo
urbano que más se adecue a sus necesidades culturales.
Con ello nos
detenemos en la siguiente pregunta: ¿es consustancial al desarrollo productivo
y técnico de las culturas la tendencia a implantar sus estructuras urbanas en
otras civilizaciones para su conservación y perduración en el tiempo?
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