Sobre la resistencia íntima de Josep Esquirol


En la obra de La resistencia íntima, de Josep María Esquirol, dentro del capítulo “VI. Cuidarse sin convertirse en Narciso”, el autor parte de la siguiente pregunta que se reproducirá de manera textual: “¿Cómo es posible una tenacidad que ‘mantiene el tipo’?”. En ello consistiría su concepto clave, la resistencia íntima, en un no ceder ante fuerzas disgregadores y aniquilantes.
La resistencia íntima se sostendrá a partir del siguiente concepto: el cuidado del alma o cuidado de sí, pero esto no es de modo alguno una reivindicación del narcisismo como explícita su autor. De tal manera que se abre una distinción entre el uno mismo y el sí mismo. El primero está vinculado a la impersonalidad y el ego inflacionario, mientras que el segundo refiere a la soledad y a la inquietud por el otro, y esto es, propiamente, la vivencia de una experiencia por parte del sí mismo. El Narciso, en cambio, no tiene experiencia por su aislamiento, por lo que no tiene salida de sí o, lo que es lo mismo, vida alguna. Sólo está sujeto a su propia imagen por no tener experiencia de su falta o miseria.
Es de este modo que el pensar o el reflexionar se distanciará de la ‘experiencia’ narcisista, ya que el “reflexionar es ya cuidar de sí”. Sólo el sí mismo puede emerger de la reflexión por la propia experiencia, la cual hace objeto suyo. Es en esta reflexión que se da el acontecimiento del sí mismo y, por ende, la manifestación de la resistencia y de la proximidad. Cabría decir, en sintonía con el autor, que la época histórica en la que estamos insertos, en virtud de todo su aparato o sistema erecto, imposibilita a las personas a siquiera ejercer un mínimo pensamiento (menciona que la fascinación por los espectáculos transmitidos por medio de pantallas, la divulgación insulsa de la ciencia y las terapias psicológicas de la superación o el éxito son, en mis términos, recursos ideológicos que impiden el pensar).
Es el imperio de la cosificación que imposibilita el acontecimiento de sí mismo, esto es, la experiencia del sí mismo que sólo emana de la reflexión. Esta experiencia implica necesariamente una metanoia, a saber: “un cambio en la manera de estar en el mundo y sentir la vida”. Por ende, la “resistencia íntima es el nombre de una experiencia, propia de la comarca de la proximidad”; su contrario es la ubicua monotonía del mundo tecnificado. En consecuencia, será la noche serena el único camino hacia la proximidad, hacia el acogimiento del otro, condición necesaria de la resistencia.
Es así como el pensar, la reflexión, es la única actividad que se opone frente a este mundo tecnificado, a lo que en otro texto vimos como la razón de fuerza mayor. La única manera de salir de esa relación de alienación o cosificación es por medio de un ejercicio ascético del pensamiento, contrario al ajetreo y modo acelerado de vida del mundo moderno, ya que el “pensar es reflexionar: volverse hacia el sí mismo y hacia la originalidad de la vida, que resulta ser, al mismo tiempo, una transformación, una conversión”. La ascesis es, por lo tanto, un ejercicio de sí mismo en el que se sale transformado. Es por ello que la filosofía es la única forma de pensamiento que nos libera de la impersonalidad a la que nos arrastra el mundo.
Pero la filosofía nos lleva necesaria a la condición misma de la resistencia, a la consecución de nuestra libertad como libre arbitrio. El libre arbitrio es el nombre del sí mismo, que se manifiesta en nuestra existencia como capacidad de querer, de aspirar de manera voluntaria a algo otro. Mas esta libertad no se podría dar sin que hubiese limitaciones o, en otras palabras, condiciones que la posibiliten. De este modo, la resistencia es una actitud de libertad que se funda, justamente, a partir de la sujeción o imposibilidad a la que está atado el hombre en este mundo de cosificación o tecnificado.
Con ello se finaliza el comentario a este capítulo, no sin antes lanzar la siguiente pregunta: y ¿no acaso el que la resistencia se funda en la misma imposibilidad del sujeto arrastraría toda práctica política a su ineficacia? O, de modo más paradójico, ¿no esta actitud de resistencia se sostiene por una actitud ideológica que realmente no quiere cambiar nada? Los estudiantes de los sistemas de universidad pública en México parecen seguir esa lógica: la enarbolación de toda una actividad pseudo-revolucionaria en la que se demanda cambios sustanciales en la universidad no podría realizarse sin estar primariamente sujetos al nombre o significante de universidad. En fin, la resistencia ejercida por el universitario (o ¿por qué no? De todo movimiento de resistencia) no se sostendría sin la demanda del Otro. En pocas palabras: se sigue creyendo en aquello que dicen enfrentar.


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